Los viajeros se dignaron a escuchar el sonido ligeramente escandaloso proveniente del pastizal, el ciempiés se asomó curioso aunque despreocupado por la invasión. Era un mediodía campesino, las mantas en el césped llegaban a abarcar como cinco cuerpos pero ellos eran apenas dos flaquitos de estatura promedio. Adornando el espacio se podía apreciar una variedad no tan variable de bebidas en botellas que encontraron al pasar y una tarta que compraron en un puesto al pie de la ruta.
— Estamos bien, demasiado bien comparado a las expectativas que tenía al salir de tu casa — dijo Emanuel entre suspiros
— ¿Bien? ¡Fantásticos! en mucho tiempo no me había sentido tan lleno, pasaron dos días y nadie nos apura al regreso. Yo no sé vos y tus miedos, tus preocupaciones y lo que tenes allá, pero por mi parte quiero que apaguemos el almanaque y.. ¡Andemos por andar! — Alzó la voz Cesar
Emanuel lo miró con el ceño fruncido, le costaba compatibilizar con el positivismo desbordante de su compañero pero ya estaba ahí y no le quedaba otra que esbozar una media sonrisa y responder
— Eh, podría ser. Es muy temprano para tomar decisiones.. y todavía no comí, ni tomé un poquito del jugo rosáceo que conseguimos en la anterior parada. ¿Qué será? algo multifrutal, quizás. — dijo Emanuel
— No sé qué tiene que ver comer, tomar, o respirar con lo que te estoy comentando. Pero dejá, te la dejo pasar porque hace unas cuantas horas nos despertamos y tenes un poco de razón. Hay hambre por acá también — Sonrió Cesar mientras se tocaba el abdomen.