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martes, 3 de octubre de 2017

La otra mañanoche.

La claridad del amanecer apuñaló mi ventanal y cuando voltee a mirar el reloj, no podía creerlo, eran las siete y veinte de la mañana, perdí la cuenta de las horas que pasé rodando entre las sábanas aclamando un sueño profundo que no ocurrió. Me levanté y entre pasos torpes, corrí las cortinas con la esperanza de engañar a mi cerebro con la idea de que era de noche, y no habían pasado las tantas horas que mi consciencia sabia. Cuando me cuesta dormir recuerdo que no era tan malo cuando tenia a mi compañero al lado, porque a pesar de no despertarlo podía abrazarlo fuerte y decirle cosas que seguramente no escuchaba. Era como una terapia anti-insomnio, luego dormía con esa paz que, según dicen, me caracteriza al descansar. Uno se acostumbra a las ausencias pero hay días que el cortocircuito es inevitable, como la noche pasada o la mañana, como sea.
No sé si quiero hablar de mis esporádicos episodios de mal sueño o del espacio desocupado de mi cama. Me confunden mis intenciones, mejor dejo de escribir.

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