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viernes, 5 de enero de 2018

Domingo en viernes.

Hoy es viernes pero me desperté con el domingo en la piel, no por la nostalgia típica desencadenante de llantos aislados, si no porque los repentinos veinticinco grados en el auge del verano son dignos de ser percibidos de otra manera.
Sin quererlo o queriendolo mucho, traje una memoria de una tarde de café donde las ilusiones se intensificaban en cada vuelta de cuchara. Había dos pares de ojos perdidos que simulaba saber donde estaban y para qué, porque todo tiene un para qué. A veces hay que detener el mundo y preguntarse: ¿para qué ésto?
Pocas sentí mis musculos tan relajados, como si estuviera en casa recien bañada luego de una jornada laboral de nueve horas. No, estaba en el centro de una ciudad sentada en una silla poco acogedora y blandiendo mi tenedor antes de pinchar la porción de torta. Hablando, viendo pero mirando, haciendo un poema en mi cabeza sin letras, solo con aromas y sensaciones.
Hay momentos que se atesoran con tanto entusiasmo que al revivirlos en la mente, nos despiertan algunas ganas de que vuelvan a suceder fuera de ella. Y quizas intentemos que se concrete la dicha de sentarnos en un café con veinticinco grados al atardecer, intentarlo no nos promete que será. A veces no nos queda otra que volver a enrollar las ilusiones y tirarlas en alguna orilla de mar. Libres de irse, libres de volver.

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